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GEORGE MÉLIÈS, EL MAGO DEL CINE

El cine, los pensamientos y la imaginación son el terreno de la libertad. Están unidos desde que un dibujante, ilusionista y teatrero llamado George Méliès se obstinó en demostrar que la juguetona demencia que vivía en su cabeza, podía ser filmada y llevada a la pantalla grande.

A finales del siglo XIX se llamaba truco a los efectos especiales. De esta forma se designaban las imágenes cinematográficas que hacían creer al espectador que lo que veía en la pantalla era el registro de un hecho real, aunque a todas luces quedaba claro que se trataba de una mentira, es decir, del montaje de algo falso para que pareciera verdadero. Era parecido a lo que sucedía con un acto de magia en el que el mago hacía desaparecer a una persona sin que ninguna razón lógica pudiera explicar tal fenómeno. Pero ese mago haciendo el truco en un escenario, no era tan impactante como cuando era filmado y luego proyectado. En el cine, la escena tenía una fuerza mayor debido al tamaño de la imagen y a la oscuridad de la sala, factores que contribuían a crear una sensación de aislamiento que dejaba al espectador a merced de lo desconocido.

El primero que entendió esta poderosa relación entre el cine y la magia fue George Méliès. La historia se remonta a un frío diciembre parisino, en 1895, cuando los hermanos Lumière hacen la primera proyección pública de las imágenes capturadas con “el cinematógrafo”. George Méliès, que estaba sentado entre el público, queda tan impresionado, que ofrece a los hermanos comprar el aparato, pero estos consideran que no vale la pena hacer el negocio, por que la máquina pasará pronto de moda. Méliès, en franco desacuerdo, compra otro aparato similar en Inglaterra y desde ese momento el rumbo del séptimo arte tiene una nueva dirección.

Para los Lumière, su invento tenía una vocación testimonial, a tal punto que dio origen a los primeros noticieros, porque era capaz de registrar la realidad con un alto nivel de precisión. Para Méliès, que era un ilusionista y propietario del teatro Robert Houdin, en París, el cinematógrafo pertenecía al mundo del espectáculo y como tal, debía tenerlo para él. Se plantea así una dialéctica entre realidad y ficción, la misma que estaba presente en el arte desde que la fotografía irrumpió arrebatando a la pintura su rol como espejo naturalista de la realidad y dando lugar así a la aparición del impresionismo y luego de las vanguardias. Era un debate similar al que sostenían los ilustrados neoclásicos, opuestos a los románticos que batallaban por recuperar las tradiciones regionales desplazadas por la racionalidad ilustrada y cientifista.

El cine que gustaba a Méliès no existía a finales del XIX, él tendría que inventar uno a su medida. Para conseguirlo empieza filmando sus propias obras de teatro y sus números de ilusionismo. Pero un día cuando filma una calle de la ciudad, la cámara se atasca y mientras la repara deja de usarla. Comienza otra vez a filmar pero sin haber movido la cámara de su sitio, al proyectar lo hecho durante el día, constata que donde veía unos hombres, ahora aparecen súbitamente vehículos: George Méliès estaba en presencia del primer efecto especial de la historia del cine. La situación era similar a cuando el mago desaparecía una persona en el escenario y en su lugar aparecía un ramo de rosas… pura magia. El cine y la magia eran entonce la misma cosa, solo que en el cine los trucos se veían en una pantalla gigante.

Desde ese momento, el Méliès dibujante, diseñador, carpintero, electricista, actor y director encontrará en el cine el medio ideal para permitir a su imaginación desbordada hacer realidad sus sueños. Construye entonces un estudio de filmación de 17 metros de largo por 7 de ancho. Para ello usa cristal en las paredes y el techo de tal forma que puede aprovechar el mayor número de horas de luz natural al día. Así, entre 1896 y 1913 produce unas quinientas películas, de las que hoy sobreviven una cincuentena. En sus obras desarrolla efectos especiales como la exposición múltiple, la cámara rápida, los diferentes tipos de fundidos o la pintura de fotogramas a mano, para así conseguir películas en color.

Para tener una idea más clara sobre la obra de Méliès, se tratarán aquí tres piezas que corresponden a tres momentos diferentes dentro de la trayectoria del artista. Inicialmente se estudiará LA MANSIÓN DEL DIABLO de 1896, que es considerada la pieza fundacional del género del terror en el cine y la primera de vampiros de la historia del séptimo arte. Aunque para estándares del siglo XXI, parecería muy corta por sus 3 minutos y 20 segundos, para la época era larga y arriesgada por su duración. Cuenta la historia de dos caballeros que son acosados por el Diablo. Para narrarla, Méliès hizo uso del “stop trick”, que es el efecto especial que da sensación de ver desaparecer objetos ante el lente de la cámara y hacer que otros tomen su lugar. También logrados están los trucos, que el espectador cree estar viendo un diablo con poderes para teletransportarse, para transmutar la materia y como ya se dijo antes, para aparecer y desaprecer.

Los actores basan su trabajo en la mímica, es decir que transmiten sus emociones y desarrollan sus acciones sin proferir palabra alguna. Para la época esta manera de actuar parecía ser la apropiada, más teniendo en cuenta que eran los tiempos del cine silente. La pieza deja claro que Méliès era un narrador avezado que sabía dar un inicio y un final apropiado a sus relatos.

La siguiente obra que permite entender la dimensión de George Méliès como creador es VIAJE A LA LUNA de 1902. Está considerada como la primera película de ciencia ficción y también como el primer éxito de taquilla de la historia del cine. Cuenta el viaje de un grupo de científicos que parten de la Tierra a la Luna, para regresar amarizando y trayendo con ellos un selenita, es decir, un habitante de la Luna. Más que un trabajo sobre ciencia, se adentra en un relato de aventuras y en el terreno de una obra de fantasía.

Es también una crítica al colonialismo imperial, que viaja a lugares alejados y se apropia de los aborígenes en beneficio propio. La representación de los científicos se acerca a la caricatura, llevando el trabajo actoral hacia representaciones cómicas y no naturalistas. Al ser un proyecto formalmente atractivo y económicamente boyante, define un nuevo rumbo para la producción cinematográfica, que encuentra posibilidades distintas a las del documental al estilo de los Hermanos Lumiére. Gracias a LE VOYAGE DANS LA LUNE, como se la llamó originalmente en francés, los filmes de ficción encontraron un lugar inamovible en la naciente producción cinematográfica mundial.

Tres, son los efectos especiales que caracterizan VIAJE A LA LUNA. Uno es el stop trick, el segundo es la exposición múltiple y el tercero son los acercamientos de objetos o personajes hacia la cámara, para simular que es el espectador quien se dirige hacia ellos. El primero se ejemplifica cuando en medio de los enfrentamientos entre los científicos y los nativos de la Luna, estos mueren y se convierten en una nube de polvo: paff! El segundo, las exposiciones múltiples, que dan lugar a fundidos encadenados, se ponen en práctica cuando el cohete amariza en la tierra y se mezclan imágenes de la superficie del mar, con las un acuario. El acercamientos de objetos, para fingir desplazamientos del espectador, está presente en el plano más icónico de la película y se usa para ilustrar la llegada de la nave espacial a la Luna. Se trata del rostro de un actor maquillado y rodeado de terciopelo negro, que se mueve sobre un “carro” hacia la cámara. La calidad de los efectos está garantizada por un dominio de las técnicas teatrales que Méliès controlaba desde antes de la llegada del cinematógrafo a su vida.

Además de ser la puerta a un nuevo arte, estas películas dan testimonio de la forma cómo las artes escénicas se hacían a finales del siglo XIX. Aunque afirmar que el cine de Méliès es “teatro filmado” sería reduccionista, si cuenta con rasgos que permiten sustentar esta idea. Por ejemplo, la cámara está fija y nunca muy alta, tal y como sería el punto de vista de un espectador en una sala de representación teatral. De esta forma, no existe diversidad de planos, más allá que los que se generan por los movimientos de los actores frente a la cámara, es decir que el encuadre es el mismo, aunque los personajes pueden o no acercarse más o menos al aparato toma vistas.

Por eso se sustenta que no existe en Méliès una intensión de hacer del tamaña del plano, es decir del encuadre, una herramienta comunicativa y expresiva propia del cine, como si sucederá en las películas de directores posterior.

Con sus más de 14 minutos de duración, un escándalo para aquellos años y un costo de 10 mil francos, VIAJE A LA LUNA fue la película más cara de su tiempo y elevó el listón el máximo nivel al que el cine de ficción podía llegar a inicios de la primera década del 1990. En consecuencia se convirtió en ícono de la cultura popular, al punto que la imagen de la Luna antropomórfica, con el cohete clavado en su ojo se hizo familiar para los espectadores del mundo entero, incluso si quien la ve no sabe nada sobre la película.

De las últimas obras de Méliès existe una que es considerada como el mejor de sus filmes, su nombre es A LA CONQUISTA DEL POLO y fue estrenada en 1912. Al igual que VIAJE A LA LUNA fue en extremo costosa, además de ser una de las más largas, con 44 minutos de duración. Con una actuación alejada de la pantomima y con puestas en escena en las que participan numerosos actores, esta película demuestra gran dominio en el uso de los efectos especiales desarrollados por el mismo Méliès y por su compañía Star Film. Destacan los trucos filmados sobre maquetas y el monstruo de las nieves creado a partir de una marioneta operada por 12 titiriteros. Sin importar estas cualidades, LA CONQUISTA DEL POLO no fue bien recibida por el público.

El París y la Europa en la que George Méliès comienza su andadura como cineasta coincide con el período llamado “La Belle Époque”, que traducido al español querría decir La Bella Época. Se trata de un período de positivismo y prosperidad impulsado por el desarrollo generado por la revolución industrial, que llevó a Europa a fortalecerse en el colonialismo, en el que algunos países vivían con la ilusión de ser como los grandes imperios de la antigüedad.

En las artes y en lo que atañe al cine, el desarrollo tecnológico condujo a la invención de la fotografía y luego a la del cinematógrafo, la primera congelaba el tiempo, el segundo capturaba el tiempo. Esto tuvo como consecuencia que las artes pictóricas dejaran de buscar el naturalismo para concentrarse en la creación de metáforas del mundo por medio de la expresión de las realidades subjetivas de los artistas.

En ese contexto aparece Méliès y su rol en la historia es el de liberar al cine de las ataduras que lo unen al cientifismo y abrir su ejercicio hacia la ficción, el arte y el entretenimiento. A finales del siglo XIX e inicios del siglo XX Méliès y su humor se identifican con los gustos de la sociedad de ese entonces. Por eso se podría afirmar que George Méliès es algo así como el George Lucas de su tiempo.

El modelo de la sociedad imperial entra en crisis, en gran medida por la presión de los nacionalismo que reclaman, no solo autonomía política, si no también cultural. Este momento es para el mundo la antesala de la primera guerra mundial. La Europa que disfruta del tono naíf del cine creado por Méliès, siente que su vida se hace más trascendental. Si en 1902 el público asiste masivamente a ver VIAJE A LA LUNA, en 1912, LA CONQUISTA DEL POLO, no llama la atención, en consecuencia, la compañía del director y él mismo, van a la quiebra.

Hasta 1925, Méliès, intenta poner en marcha proyectos escénicos pero no cinematográficos. Vende su teatro y parte de sus películas son destruidas por sus acreedores para extraer el metal de plata con el que estaban fabricadas. Ya en 1925 ejerce como tendero en un establecimiento de juguetes y de golocinas, hasta que es redescubierto por el director de Ciné Journal, el Diario del Cine en castellano y también por las vanguardias artísticas, para luego convertirse en objeto de estudio por cuenta de la Cinemateca Francesa, que desde 1938 restaura las películas que logra recuperar.

En ese mismo año, el 38, George Méliès fallece en lo que podría ser considerado como un final feliz. Tanto el gremio de cineastas, así como el estado francés que lo condecoró en vida con La Legion de Honor en 1931, reconocían la importancia de su obra. Pero el legado de Méliés trasciende la coyuntura de un momento histórico específico. Él logró definir una de las ramas necesarias para entender el cine a lo largo de todo su desarrollo. Gracias a él, el cine de ficción cobró importancia al poco tiempo de la primera proyección del cinematógrafo en París, en 1895.

Su condición de mago lo hizo adentrarse en el universo de los trucos dando libertad a su imaginación para convertir en imágenes sus sueños y demostró al público y a los creadores, que los límites y las barreras en el universo de la pantalla de cine no existen. Esta convicción ha perdurado sin perder vigencia y alienta a nuevos soñadores que lo entregan todo por el simple gusto de ver sus ilusiones proyectarse en una pantalla gigante al cobijo de la oscuridad de una sala de cine.

 

Te recomendamos echarle un ojo a nuestro artículo sobre la historia de los efectos especiales.